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Encontré una súper oferta de
“Atrápalo” que transformaría un fin de semana largo en una auténtica Semana
Santa. Aunque era para cuatro personas, capturé la fugaz oferta antes de buscar
mis compañeros de viaje. Con lo inminente de la fecha todo lo que obtuve fueron
negativas y ya comenzaba a preocuparme cuando Alejo cambió su negativa previa
por un “Ma sí, vamo.” Pero con la Jime eramos tres y mi destino de cortapalo
estaba ya casi asegurado, cuando otro arrepentido decidió cambiar un fin de
semana de trabajo en Barcelona por días de montaña y nieve: El chueco Ferre
(sin r al final).
Jueves
Santo: Minutos antes de las ocho de la mañana, logramos
meter todo el equipaje y a nosotros cuatro en un pequeño Citroen c2. Nuestro
destino: LOS ALPES FRANCESES.
A mitad de camino nos detuvimos
a conocer la ciudad amurallada de Avignon. Hermoso e instructivo paseo, en el
que desterramos un mito musical: sobre el puente de Avignon nadie canta y nadie
baila. Sí te cobran por pararte encima.
Otra vez en viaje, al final de
la tarde llegamos al pie de la montaña. A medida que subíamos, fue ganando la
noche, como si las luces fueran cosa del llano. Pasadas las diez de la noche
estábamos en nuestro departamento en Le Lavachet.
Viernes
de crucifixión: Al despertar y mirar por la
inmensa ventana nos dimos cuenta que estábamos en un paraíso. En medio de las
pistas de esquí. Podíamos calzarnos los esquís a pocos metros de la casa y
quitárnoslos luego otra vez en la puerta. Un lujo.
Ansiosos, buscamos en el
kilométrico mapa de pistas, alguna verde para bajar con la pareja debutante y
comenzamos a trepar la montaña en aerosillas. Hasta aquí la primera experiencia
de Alejo y la Jime era perfecta. Los primeros deslizamientos, las primeras
cuñas y hasta el difícil momento de bajarse de la aerosilla habían ido muy
bien. Pero al llegar al inicio de la pista verde elegida para comenzar el
descenso comenzaron los problemas. Era preciosa, con vistas hermosas y nieve
perfecta… pero de verde, NADA. Mucha pendiente y tramos muy angostos atentaron
contra la evolución de los debutantes, que terminaron bajando la montaña
caminando. Hacer eso, con botas de esquí es una experiencia poco recomendable
para amantes de los pies. Agotada, la parejita se fue al departamento y con el
chueco nos quedamos aprovechando la nieve polvo de los Alpes.
Sábado a
secas: Todavía machacados y culpándome a mi por sus
desventuras del día anterior, Jime y Alejo cambiaron el día de esquí por una
escapada a Ginebra. Abandonados con el chueco, nos calzamos los esquís y nos
fuimos a recorrer otras montañas de la estación. El clima se fue enrareciendo y
comenzó a nevar. Luego la nevada se hizo más contundente. El chueco iba con la
cara descubierta y yo con una máscara para el sol así que no veíamos nada.
Volvimos al departamento a comer algo y apenas deglutida la comida volví a
salir con la máscara apropiada. El chueco más apegado a sus raíces, decidió
exportar a los Alpes una vieja costumbre norteña: La siestita.
Domingo
de resurrección: Descansados, La Jime y el Alejo
juntaron fuerzas y coraje para darle al esquí una nueva oportunidad. Esta vez
fuimos al lugar indicado y la experiencia fue totalmente distinta.
Al poco de comenzar el Alejo ya
había abandonado la cuña y, derrapando, bajó una y otra vez la pista con un
incesante: “¡¡Qué bueno está esto, boluuuú!!
La experiencia de Jimena fue un
poco más tortuosa, atrapada en las garras del vértigo. Se embarcó entonces en
un eslalon extenso, en el que luego de deslizarse lentamente de lado a lado,
llegado el costado de la pista y con él la necesidad de encarar la pendiente y
doblar, la Jime se detenía. Analizaba muy prolijamente el terreno buscando las
que serían, ineludiblemente, las causas de su muerte o en el mejor de los
casos, mutilación. Y luego de esperar por el momento adecuado se lanzaba a la
curva de manera muy prolija y todo el proceso se repetía otra vez. A pesar de
haberlo hecho muy bien, al terminar la primera bajada la Jime se quitó los
esquís y no volvió a usarlos el resto del viaje.
Después de comer me fui solo a
seguir esquiando. Al despertarse de la siesta, el Alejo volvió a su pista amada
y con el chueco nos fuimos a recorrer un poco más.
A la noche, el chef oficial del viaje, el
chueco, nos preparó una fondue de queso que fue la gloria. 2 estrellas michelin
para el cocinero que nos bien trató durante todo el viaje.
Lunes
que nada tiene que ver con la pascua:
Luego de cargar el coche nos fuimos en Funicular a la cima de le Grande Motte.
Allí, en una cueva cavada en el hielo, una docena de artistas franceses habían
hecho unas esculturas heladas. Una vez a pie de pistas, subimos al coche y
emprendimos el regreso. El viaje fue largo, como siempre que uno vuelve, cuando
no lo acompaña la ilusión de lo que viene sino la nostalgia de lo que deja y el
marrón porvenir de la vida laboral.
Para condimentar el viaje y
escapar al tráfico de la entrada de Barcelona, paramos un rato a conocer las
playas de Narbone. Cerca de las 23hs estábamos llegando a Barcelona y luego de
prometernos no vernos más durante un tiempo prudente, nos despedimos.
UN VIAJE DE LUJO!!