lunes, 24 de abril de 2006

Desventuras para el gusto del consumidor

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He notado que los relatos que más entusiasman a quienes husmean en mi blog son aquellos en los que relato desventuras. Mi relato de hoy será del gusto de la más egoísta masa de lectores. 

A veces sucede que uno de los integrantes de una pareja de amigos compatriotas se ausenta de Barcelona por distintos motivos. Entonces el otro, el dejado, se sorprende a sí mismo descubriendo que esas vacaciones que tanto anhelaba tomarse de su compañer@, no eran más que una situación indeseable que llevaba tiempo sin vivir: estar solo y al pedo. Por alguna razón que desconozco, me he transformado en el máximo referente de esa situación y por tanto con cada desmembración temporal de una pareja de amigos, mi teléfono suena. Esta vez el abandonado fue Mariano y el plan bicicleta de montaña.

Al llegar a Can Trías, antes de alcanzar lo que sería el punto de partida de nuestro recorrido, el coche empezó a causar algunos problemas y algunos minutos después había fallecido. Lo dejamos aparcado y nos montamos en las bicicletas. Éramos jóvenes y determinados. Nada nos detendría.

A pesar del disimulado extravío, disfrutamos mucho los senderos y el paisaje. Fue justamente una espectacular vista de Montserrat la que puso en evidencia nuestra segunda baja electrónica. En la pantalla de mi cámara de fotos se veía todo negro. Pensando erróneamente que el problema sería solo en la pantalla nos tomamos algunas fotos que nunca verían la luz. En retrospectiva, posar para la nada, es una experiencia un tanto humillante.

Volvimos al coche y esperamos una hora por la asistencia. Luego de regañarme el mecánico me dio el diagnóstico: Hay que cambiar el alternador. Nos sentamos a esperar otra hora la llegada de una grúa.

Antes de terminar, una última observación: hay otra estadística aplicable a los lectores de este blog. Si un escrito tiene más de 4 o 5 renglones no lo leen. Después me comentarán: “ahh, sí, eso de las bicicletas, sí, esta bueno” pero no lo habrán leído. Yo acepto los falsos comentarios y continúo explotando mi incapacidad de síntesis. Supongo Mariano, al formar parte del relato lo habrá leído completo. Un saludo Mariano, nos vemos después.

martes, 18 de abril de 2006

Semana Santa

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Encontré una súper oferta de “Atrápalo” que transformaría un fin de semana largo en una auténtica Semana Santa. Aunque era para cuatro personas, capturé la fugaz oferta antes de buscar mis compañeros de viaje. Con lo inminente de la fecha todo lo que obtuve fueron negativas y ya comenzaba a preocuparme cuando Alejo cambió su negativa previa por un “Ma sí, vamo.” Pero con la Jime eramos tres y mi destino de cortapalo estaba ya casi asegurado, cuando otro arrepentido decidió cambiar un fin de semana de trabajo en Barcelona por días de montaña y nieve: El chueco Ferre (sin r al final).

Jueves Santo: Minutos antes de las ocho de la mañana, logramos meter todo el equipaje y a nosotros cuatro en un pequeño Citroen c2. Nuestro destino: LOS ALPES FRANCESES.

A mitad de camino nos detuvimos a conocer la ciudad amurallada de Avignon. Hermoso e instructivo paseo, en el que desterramos un mito musical: sobre el puente de Avignon nadie canta y nadie baila. Sí te cobran por pararte encima.

Otra vez en viaje, al final de la tarde llegamos al pie de la montaña. A medida que subíamos, fue ganando la noche, como si las luces fueran cosa del llano. Pasadas las diez de la noche estábamos en nuestro departamento en Le Lavachet.

Viernes de crucifixión: Al despertar y mirar por la inmensa ventana nos dimos cuenta que estábamos en un paraíso. En medio de las pistas de esquí. Podíamos calzarnos los esquís a pocos metros de la casa y quitárnoslos luego otra vez en la puerta. Un lujo. 

Ansiosos, buscamos en el kilométrico mapa de pistas, alguna verde para bajar con la pareja debutante y comenzamos a trepar la montaña en aerosillas. Hasta aquí la primera experiencia de Alejo y la Jime era perfecta. Los primeros deslizamientos, las primeras cuñas y hasta el difícil momento de bajarse de la aerosilla habían ido muy bien. Pero al llegar al inicio de la pista verde elegida para comenzar el descenso comenzaron los problemas. Era preciosa, con vistas hermosas y nieve perfecta… pero de verde, NADA. Mucha pendiente y tramos muy angostos atentaron contra la evolución de los debutantes, que terminaron bajando la montaña caminando. Hacer eso, con botas de esquí es una experiencia poco recomendable para amantes de los pies. Agotada, la parejita se fue al departamento y con el chueco nos quedamos aprovechando la nieve polvo de los Alpes.

Sábado a secas: Todavía machacados y culpándome a mi por sus desventuras del día anterior, Jime y Alejo cambiaron el día de esquí por una escapada a Ginebra. Abandonados con el chueco, nos calzamos los esquís y nos fuimos a recorrer otras montañas de la estación. El clima se fue enrareciendo y comenzó a nevar. Luego la nevada se hizo más contundente. El chueco iba con la cara descubierta y yo con una máscara para el sol así que no veíamos nada. Volvimos al departamento a comer algo y apenas deglutida la comida volví a salir con la máscara apropiada. El chueco más apegado a sus raíces, decidió exportar a los Alpes una vieja costumbre norteña: La siestita. 

Domingo de resurrección: Descansados, La Jime y el Alejo juntaron fuerzas y coraje para darle al esquí una nueva oportunidad. Esta vez fuimos al lugar indicado y la experiencia fue totalmente distinta.

Al poco de comenzar el Alejo ya había abandonado la cuña y, derrapando, bajó una y otra vez la pista con un incesante: “¡¡Qué bueno está esto, boluuuú!!

La experiencia de Jimena fue un poco más tortuosa, atrapada en las garras del vértigo. Se embarcó entonces en un eslalon extenso, en el que luego de deslizarse lentamente de lado a lado, llegado el costado de la pista y con él la necesidad de encarar la pendiente y doblar, la Jime se detenía. Analizaba muy prolijamente el terreno buscando las que serían, ineludiblemente, las causas de su muerte o en el mejor de los casos, mutilación. Y luego de esperar por el momento adecuado se lanzaba a la curva de manera muy prolija y todo el proceso se repetía otra vez. A pesar de haberlo hecho muy bien, al terminar la primera bajada la Jime se quitó los esquís y no volvió a usarlos el resto del viaje. 

Después de comer me fui solo a seguir esquiando. Al despertarse de la siesta, el Alejo volvió a su pista amada y con el chueco nos fuimos a recorrer un poco más.

 A la noche, el chef oficial del viaje, el chueco, nos preparó una fondue de queso que fue la gloria. 2 estrellas michelin para el cocinero que nos bien trató durante todo el viaje.

Lunes que nada tiene que ver con la pascua: Luego de cargar el coche nos fuimos en Funicular a la cima de le Grande Motte. Allí, en una cueva cavada en el hielo, una docena de artistas franceses habían hecho unas esculturas heladas. Una vez a pie de pistas, subimos al coche y emprendimos el regreso. El viaje fue largo, como siempre que uno vuelve, cuando no lo acompaña la ilusión de lo que viene sino la nostalgia de lo que deja y el marrón porvenir de la vida laboral.

Para condimentar el viaje y escapar al tráfico de la entrada de Barcelona, paramos un rato a conocer las playas de Narbone. Cerca de las 23hs estábamos llegando a Barcelona y luego de prometernos no vernos más durante un tiempo prudente, nos despedimos.

UN VIAJE DE LUJO!!
Arreveure!