Justo a las afueras de Bratislava, torres de departamentos
rectilíneas, monótonas y sosas me ilusionan la llegada. Huele a comunismo
soviético!. Viajar por Europa corre el riesgo de hacerse cada vez más aburrido.
Uno debe abrazar las pequeñas diferencias. Sobre todo ahora, con el crecimiento
de la EU (European Uniform), “occidente” se le pega a todo como hongo. A esta
capital con ritmo de pueblo ya llegó el Euro y Mac Donald’s, pero hay algo que
se mantiene por suerte inalterable: El famoso y temido carácter eslavo. Y como
uno tiene que ser coherente con el discurso, cuando el camarero me da su mirada
de odio y me habla como si le debiese dinero, yo lo abrazo y le digo: gracias.
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