Antes
de que Pan Gu naciera, tierra y cielo permanecían mezclados. Al inicio, como en
tantos mitos orientales y occidentales, era el caos, la no separación. Pero
nació Pan Gu y a medida que fue creciendo separó más y más el cielo redondo de
la tierra cuadrada. Este era el destino de Pan Gu, quien tardo 18.000 años en
completar su trabajo. Entonces, sin energías, murió. Pero fue además el primer
donante universal de órganos. Sus ojos se convirtieron en el sol y la luna, su
sangre en ríos, su sudor en lluvia y sus cuatro extremidades y cabeza en las
cinco montañas sagradas chinas. Tai Shan, la cabeza de Pan Gu es la más grande
y oriental de las cinco. Ha sido, por todo esto, la más venerada durante miles
de años. Existen muchas historias y fantasías alrededor de la Montaña. Quien
suba a Tai Shan llevará siempre el espíritu de China en sus espaldas y vivirá
100 años.
Al
llegar a Tai'an, la ciudad al pie de Tai Shan, el clima no era nada bueno. Dejé
mis cosas en un hotel de la ciudad y comencé mi caminata. La Montaña estaba tan
cubierta de nubes que tuve que preguntar un par de veces para asegurarme que me
dirigía hacia ella. El camino era el correcto pero Tai Shan parecía no estar
ahí. Pronto llegué a sus pies y emprendí el ascenso, siempre envuelto de
espesas nubes. Durante los primeros kilómetros el calor y la humedad eran
insoportables, pero a medida que iba ascendiendo, con el cuerpo empapado de
sudor, la temperatura fue bajando rápidamente y pronto me tuve que abrigar.
Todo
el ascenso se hace por escaleras lo que lo hace aun más agotador. Tres horas me
llevo completar los 1545 metros de altura que tiene la Montaña. Hice solo dos
paradas, una cerca del “Templo del Medio Camino al Cielo”, donde tome un caldo
para recuperar algo de calor. La otra mucho mas arriba, cuando me gano el
agotamiento. Lo que la niebla no me dejaba ver es que estaba descansando a
menos de cien metros de la cima. Dispersos en la Montaña hay templos,
monasterios, poesías y escritos taoístas grabados en las rocas y por sobre
todo, mucha magia. Una vez que estuve convencido que las nubes no me dejarían
ver el atardecer desde la cima, comencé el descenso, luchando a cada paso para
que mis piernas aguantaran mi peso.
Al
despertar al día siguiente pude ver desde la ventana de la habitación la gran
Montaña sagrada en frente mío. Tan bella e imponente. No se si fue el
agotamiento, la emoción o el espíritu de China en mis espaldas, pero
estremecido me tuve que sentar en la cama y ver como las nubes volvían a
llevarse la Montaña. Esos minutos, en los que pudimos vernos a los ojos, fue el
último y más bello regalo que Tai Shan, la cabeza de Pan Gu, tenía para
hacerme.




























