domingo, 30 de julio de 2006

La Montaña Sagrada

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Antes de que Pan Gu naciera, tierra y cielo permanecían mezclados. Al inicio, como en tantos mitos orientales y occidentales, era el caos, la no separación. Pero nació Pan Gu y a medida que fue creciendo separó más y más el cielo redondo de la tierra cuadrada. Este era el destino de Pan Gu, quien tardo 18.000 años en completar su trabajo. Entonces, sin energías, murió. Pero fue además el primer donante universal de órganos. Sus ojos se convirtieron en el sol y la luna, su sangre en ríos, su sudor en lluvia y sus cuatro extremidades y cabeza en las cinco montañas sagradas chinas. Tai Shan, la cabeza de Pan Gu es la más grande y oriental de las cinco. Ha sido, por todo esto, la más venerada durante miles de años. Existen muchas historias y fantasías alrededor de la Montaña. Quien suba a Tai Shan llevará siempre el espíritu de China en sus espaldas y vivirá 100 años.

Al llegar a Tai'an, la ciudad al pie de Tai Shan, el clima no era nada bueno. Dejé mis cosas en un hotel de la ciudad y comencé mi caminata. La Montaña estaba tan cubierta de nubes que tuve que preguntar un par de veces para asegurarme que me dirigía hacia ella. El camino era el correcto pero Tai Shan parecía no estar ahí. Pronto llegué a sus pies y emprendí el ascenso, siempre envuelto de espesas nubes. Durante los primeros kilómetros el calor y la humedad eran insoportables, pero a medida que iba ascendiendo, con el cuerpo empapado de sudor, la temperatura fue bajando rápidamente y pronto me tuve que abrigar.
Todo el ascenso se hace por escaleras lo que lo hace aun más agotador. Tres horas me llevo completar los 1545 metros de altura que tiene la Montaña. Hice solo dos paradas, una cerca del “Templo del Medio Camino al Cielo”, donde tome un caldo para recuperar algo de calor. La otra mucho mas arriba, cuando me gano el agotamiento. Lo que la niebla no me dejaba ver es que estaba descansando a menos de cien metros de la cima. Dispersos en la Montaña hay templos, monasterios, poesías y escritos taoístas grabados en las rocas y por sobre todo, mucha magia. Una vez que estuve convencido que las nubes no me dejarían ver el atardecer desde la cima, comencé el descenso, luchando a cada paso para que mis piernas aguantaran mi peso.
Al despertar al día siguiente pude ver desde la ventana de la habitación la gran Montaña sagrada en frente mío. Tan bella e imponente. No se si fue el agotamiento, la emoción o el espíritu de China en mis espaldas, pero estremecido me tuve que sentar en la cama y ver como las nubes volvían a llevarse la Montaña. Esos minutos, en los que pudimos vernos a los ojos, fue el último y más bello regalo que Tai Shan, la cabeza de Pan Gu, tenía para hacerme.

viernes, 28 de julio de 2006

La gran muralla China

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Es posible visitar la gran muralla china en decenas de sitios. Desde Beijing se accede a algunos de los más interesantes. Decidí tomar un autobús que me dejara al comienzo del tramo llamado Jinshanglin y tomarme el de regreso al final del siguiente tramo: Simatai. Es una de las opciones más alejadas para visitar desde Beijing (tres horas en autobús) y el sitio es especialmente montañoso por lo que la afluencia de turistas es mucho menor.

Llegue a Jinshanglin a las 9 de la mañana de un día nublado y comencé el ascenso en búsqueda de la muralla. La vegetación es muy verde y frondosa por las abundantes lluvias de verano. Finalmente llego a la muralla y todavía me esperaba una caminata de 11 km. Me crucé con unos pocos visitantes y estuve la mayor parte del tiempo solo. En mi mochila llevaba un impermeable, así que las primeras lluvias no hicieron más que agregarle encanto a la solitaria caminata.

La muralla sube y baja colinas, coronando cada cima con una torre, algunas de las cuales use de refugio cuando la lluvia ganaba intensidad. La inmensa obra, la historia, las montañas y sobre todo la soledad y el silencio, tan difíciles de encontrar en las ciudades chinas, hicieron de esta caminata una experiencia única. Un indescriptible y profundo viaje personal.

Casi llegando al final del recorrido la lluvia se convirtió en tormenta. Me quedé entonces sentado durante casi una hora en una de las ultimas torres sin hacer nada más que saberme insignificante sobre esta inmensa muralla, solo y mirando llover.

lunes, 24 de julio de 2006

La ciudad prohibida


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Por la mañana el barrio tenía tanto movimiento que no podía creer que fuera el mismo al que llegarla la noche anterior. Hice un largo paseo hasta la enorme plaza Tiananmen, la crucé rápidamente, sin ninguna intención de unirme a los miles de Chinos que luchaban por entrar al mausoleo de Mao y atravesé la puerta de la Ciudad Prohibida. Ciudad a la que el pueblo tuvo prohibido acceder durante siglos, reservada para los emperadores y la nobleza china. Disfruté tanto la imponencia de los palacios y la delicada belleza de los jardines.
Mientras caminaba una audio guía en mis auriculares me iban contando la ciudad y algo mucho mejor. Me contaba las historias de amor, de celos, de pasión, que ocurrieron, cientos de años atrás, en esos lugares que hoy yo recorría. Mi imaginación fue generosa y me sentí penetrando la historia, sumergiéndome en una extraña melancolía.
Nada, ni los cientos de turistas que se cruzaron conmigo, ni el hambre, ni el calor, lograron sacarme de ese trance, de ese hermoso viaje que hoy viví. Fue uno de esos días especiales en los que viajar es una experiencia total. Al salir, ver el transito de Beijing y enfrentarme otra vez con la inmensa Plaza Tiananmen, sentí que había pasado 500 años dentro de la ciudad prohibida. Me sentí mucho mas viejo y sabio.






domingo, 23 de julio de 2006

Buscando la senda

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El domingo muy temprano tomé un tren de Pingyao a Taiyuan, la ciudad más importante de Shanxi, donde tenía más posibilidades de conseguir transporte para seguir el viaje. Ir a Datong me retrasaría mucho, así que decidí comprar ticket para Beijing en un tren diurno. Luego de un par de horas paseando por la poco turística ciudad de Taiyuan y nueve horas mas viajando en tren, llegue a Beijing, en plena noche. No hay ningún metro cerca de la inmensa estación oeste, así que me tomé un taxi que me dejó lo más cerca que pudo del lugar donde me hospedaría. Un hostel ubicado en el centro de un hutong de Beijing. Los barrios antiguos están llenos de estas callejuelas pequeñas y complicadas. Es un laberinto. Sin mapa y con la noche avanzada me metí en el barrio y me llevó una hora, que viví como si fueran 10, encontré el Far East Youth Hostel. Deje mis cosas en una casilla y reboté a la calle en búsqueda de uno de los pocos lugares para comer que había visto abiertos camino al hostel. Ya relajado, caminar por los hutongs es una experiencia hermosa y exótica. La comida, como siempre, fue deliciosa. Volví al hostel evitando el camino más directo, y me senté un rato en el bar casi desierto. Llegué a Beijing, y la emoción de estar aquí hace que el sueño demore en llegar. No lo voy a apurar.

sábado, 22 de julio de 2006

viernes, 21 de julio de 2006

Ultimo día en Xi'an

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Mi último día en Xi'an. Hoy tomaré el tren nocturno a Pingyao. Desayuno tranquilo y salgo a caminar por la ciudad.

Después de la tormenta de ayer, se respira un aire más agradable. Recorro lugares por los que ya he pasado e investigo algunos nuevos. La ciudad todavía tiene nuevos encantos pero son más difíciles de encontrar.

Decido que es buen momento (siempre lo es) para descubrir un poco más de la comida local. En Xi'an he comido siempre en puestos callejeros. Son extremadamente baratos y muy buenos. Tienen todo tipo de carne en pinchos, una especie de ravioles grandes cocinados al vapor, hechos de una masa como pan y rellenos de carnes y verduras, también un caldo muy sabroso en el que hay que picar un pan como de pita. Mucho para elegir y todo muy bueno. En un comida completa, yendo de puesto en puesto, no gasto más de cuatro o cinco yuanes (cuarenta o cincuenta céntimos de euro). Hoy sin embargo tengo ganas de sentarme y probar platos más elaborados. Entro en un restaurante donde como siempre hasta ahora, nadie parece hablar ingles. 

La carta esta solamente en chino. Me atiende una chica muy agradable que haciendo caso omiso de mi cara de desorientación, no para de hablarme. Me señala insistentemente algo del menú y como veo que no nos lograremos entender le digo que sí, con resignación. Ella se va contenta, pero yo no tengo la más mínima idea de que es lo que debo esperar. Pronto comienzan a llegar platos con distintos bocaditos para probar. Como las mismas cosas llegan a las mesas vecinas, yo espero y aprendo viendo como se come cada uno. Me traen unas canastitas en las que cocinan las cosas al vapor y la simpática camarera me señala cada bocado indicándome en chino de que se trata. Sin comprender nada yo sigo comiendo. Todo es delicioso. En uno de estos simulacros comunicativos otra chica ve mi cara de "me estas hablando en chino" y se acerca. Uno a uno me señala los bocaditos de esa canasta y me indica en ingles lo que estoy por comer: "Rana, serpiente, calamar." Me invade una nueva emoción. Cerca del final me traen una especie de ollita sobre un quemador. Muy ceremoniosa, mi moza habitual me muestra unos pedazos de carne envueltos en una masa, me dice algo en chino y los mete en la olla. Desesperado busco a la china angloparlante pero no aparece por ningún lado. Me sirven en un pequeño tazón el caldo, cuidando de incluir todos los misteriosos trocitos. El caldo es delicioso. Saboreo detenidamente cada uno de los pedacitos de carne. Quizás era pollo, o cordero, o lo que sea, pero toda una variada y exótica fauna se cruzaba en mi cabeza con cada bocado.

Estoy oficialmente lleno y contento. Pago una cuenta que es cara en yuanes pero todavía barata para mis euros y camino extasiado hacia el hostel. Voy deseando sus sillones y su aire acondicionado. Con cada paso me despido de Xi'an y sigo fantaseando con las maravillas que China todavía se guarda para mí.




miércoles, 19 de julio de 2006

En tren de Shanghai a Xi'an

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A las 16:25 salimos todos como ganado de la sala de espera de la estación de trenes. Unos minutos antes habíamos visto como salían de manera ordenada y tranquila los que esperaban en la sala de asientos blandos. El concepto es simple: si pagas litera blanda esperas en sillas blandas y en un ambiente confortable. Evidentemente somos muchos más los que pagamos por sillas y literas duras. Tantos que no alcanzaban las sillas y nos habíamos tenido que acomodar en el suelo. A esta altura ya me voy acostumbrando a ser examinado, a ser escrutado. A producir risas, comentarios. Antes de venir esperaba encontrar más viajeros occidentales de los que he encontrado hasta ahora. Seguramente somos miles, pero eso en China es como diluir un juguito Tang en 500 litros de agua.
Salimos sin orden aparente de la sala de espera. Mi primera experiencia en tren había sido el día previo, yendo a Suzhou, así que ya conocía el procedimiento y la interpretación correcta del inteligible billete de tren. Salgo entonces con la misma decisión que los locales y voy directo a mi vagón. Al entrar veo que no hay camarotes. Es un vagón lleno de literas abiertas al pasillo. Noto que me ha tocado la de mas arriba y reniego, pero luego estaré agradecido de esa suerte.
Fui rápido en llegar al vagón que, pasado un rato, comienza a llenarse. Para no estar en el paso subo a mi litera y me recuesto. Me sobresalen los tobillos. Si no me hubiese tocado la litera de más arriba la gente que pasa por el pasillo me estaría golpeando o rozando constantemente los pies. Mientras pienso esto caigo rendido. 
Al despertarme, una hora mas tarde, el tren ya esta en marcha. El vagón también es muy ruidoso. Apenas me asomo al pasillo desde mi cama mi compañeros de viaje, que recién se enteran que compartirán el viaje con un extranjero, comienzan a divertirse a mi costa. Más risas y comentarios cuando bajo la escalera. Me estoy despertando de una siesta no programada y no me estoy tomando de buena forma ser el foco de atención. Pasé de moda muy rápidamente en este vagón. Como unos vaqueros nevados.
Es mi turno de mirar y escuchar. Hay costumbres para nosotros son muestras de mala educación, pero aquí no parecen serlo. Escupir constantemente es una de ellas. No solo escupir sino carraspear la garganta en búsqueda de un pollo que sea maestro de ceremonias, es una actividad habitual entre los hombres chinos que muestran orgullosos, alternativamente, su potencia o puntería escupitoria. Cuando el material no es consistente, cuando es demasiado salivoso, simplemente lo dejan caer, salpicando todo cuanto lo rodea. Si pudieran firmar su gran charco, lo harían orgullosos. Sin embargo en el vagón esto es distinto. El reflejo escupitorio no cesa, pero los salivazos son depositados en la basura. Con ánimos de integrarme, junto un escupitajo que cumpla, sin ser ostentoso. Creo lograrlo y siento la aceptación general. 
Constantemente pasa gente vendiendo comida, y cada uno invade el vagón con nuevos aromas. La gente comienza a comer y yo que todavía no tenia hambre, pasados unos minutos termino comprando unos fideos con pollo. Saco mis palitos del bolso. Este es un gran momento. Es conocida la inutilidad occidental para alimentarse con 2 palitos. A mi sin embargo no se me da tan mal, y me he entrenado concienzudamente en Barcelona, donde el menú mas económico en las cercanías de mi oficina es un restaurante chino. Cojo entonces los palitos con naturalidad, para que no se note que estoy presumiendo. Primero revuelvo los fideos y luego cojo certeramente un trozo de pollo, el mas pequeño y escurridizo, para que todos vean de lo que soy capaz. Pronto la gente deja de verme como a un extranjero. Algunos comentan que mi aspecto occidental es un defecto genético. Otros dicen que nunca alguien que no sea chino podría comer con tanta destreza. Lectores suspicaces alegaran que no comprendo una palabra de chino, sin embargo dichas conversaciones fueron extraídas del contexto general. Seguro ocurrieron.
Los ruidos en la comida son deliciosos, increíbles. Inmediatamente pienso en mi papa y mi hermana, familiarmente conocidos por su intolerancia a los ruidos alimenticios. Yo decido continuar mi proceso de integración y pronto me uno al concierto gastronómico. Los primero eructos, sin embargo, me dejan un tanto perplejo. Mi primera reacción fue ver si los autores del curioso ruido recibían miradas reprobatorias. Pero nada, hombres y mujeres ignoraban completamente la occidental grosería. Evitar la incomodidad, la molestia frente al fenómeno no me resulta sencillo. Especialmente porque el instrumento estrella de la banda esta sentado al frente mío. Y con cada sobresalto suyo imagino como sus partículas eructiles flotan sobre la pequeña mesa y se depositan sobre mis fideos y mi cara. Temo perder el control. Mi identidad encubierta peligra. Como ya es tarde decido acostarme. Llega el cansancio y le permito adueñarse de mí. Pero con miedo. Miedo de que en sueños, mi completamente occidental inconsciente arruine lo que he logrado y que tanto trabajo me ha costado: Integrarme en el vagón numero 8 del tren T138 que va de Shanghai a Xi'an.

Las calles de Suzhou



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Como habitualmente pasa, lo mejor de Suzhou aparece cuando guardo la guía y me propongo perderme, esta vez en bicicleta. Al poco de andar aparece un canal junto al camino. Doscientos metros más adelante el canal dobla, y yo doblo con el. Aparece Suzhou.
Las casas ganan en años y humildad. Aparecen más canales, que se ensanchan y permiten navegar a pequeñas barcas. Los puentes de piedra, los caminos que se entrecruzan, permiten tomar una nueva dirección cada pocos metros. Es que apareció Suzhou y me fascina.
En esta parte de la ciudad soy mas extraño, y se nota. Cuando paro lo bicicleta para tomar una foto o para ver algo, la gente se me acerca con total descaro, me mira y se ríe. Es divertidísimo. No importa cuantos años pudiera vivir en China, nunca seria un Chino, ni mis hijos. Pienso que en Barcelona y tantos lugares, esta es la realidad de tantos inmigrantes, de sus hijos, de sus nietos. Que no despiertan risa sino recelo y otros sentimientos que nacen entre quienes no se creen iguales. Pero basta de tristeza, que apareció Suzhou y me fascina.




Shanghai y los paralelos



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Viniendo de Barcelona, la aparente falta de civismo de Shanghai es aun más llamativa. La suciedad general, la forma de (no) hacer colas, la entrada y salida de los abarrotados vagones del metro. Cada persona transita en Shanghai como si fuera el único con derecho a hacerlo.

El gobierno parece muy interesado en corregir esto. Atormenta con campañas gráficas y televisivas, en el metro, en la calle. Y por supuesto también utiliza métodos más propios de su régimen: La autoridad. Megáfono y silbatos en mano, mal gestados guardias se aseguran que la gente forme filas en las estaciones de metro.

En las calles con mucho tránsito también hay policías que controlan, sobre todo a los peatones. Utilizan unas cintas para acordonar a la gente, abriéndoles o cerrándoles el paso según toque. Al parecer, sin estos agentes poco amables, la ciudad colapsaría.

Por supuesto me viene a la cabeza cuantas veces, apretando los dientes, he escuchado en Tucumán frases como "hace falta autoridad", "mano dura" o "somos hijos del rigor".

De golpe, uno de los peatones se agacha y pasa por debajo de la cinta. No se baja a la calle. Simplemente esta del otro lado del cordón. Inmediatamente comienzan los griteríos entre el agente de transito y el peatón rebelde, que no se amedrenta. Mi chino no ha mejorado (no se una palabra) pero entiendo claramente lo que dice: “Cada día leo tus periódicos, veo tu televisión, navego por tus páginas de Internet. Leo, escucho y veo lo que ustedes han filtrado y aprobado. Vivo con una libertad recortada en un país de libertades recortadas. Pero hasta aquí llego. ¡No me he bajado a la calle!” No puedo evitar mirar al violentado hombre, a estas pequeñas rebeldías, con toda mi simpatía.