Llegar a un aeropuerto es todavía
no haber llegado a ningún lado. En los próximos quince días nos esperan varios
trenes y autobuses pero ningún avión y pensarlo me hace feliz.
Cecilia ya conoce Viena. Apenas
llegamos comienza a contarme lo que vamos a ver y las impresiones de su viaje
previo. Yo siento que me invade un miedo y una rabia que, aunque reconozco
ridículo e infantil, no puedo evitar. Cuando viajaba de pequeño con mi familia,
era siempre mi papá (o ese es mi recuerdo) el que nos ensañaba que mirar y nos
contaba la historia de aquello que estuviésemos visitando. A mí, que desde que
tengo recuerdo odio profundamente que me digan que mirar, hacer o decir, esta
rutina me hervía la sangre. Y aunque miraba lo que debía ver y escuchaba lo que
me contaban, lo hacía con desprecio y asegurándome de no ser sorprendido en mi
humillante obediencia.
Sin importarle mis rabietas,
miradas de desprecio o burlas, mi papá nunca dejo de contarme historias ni de
compartirme sus ojos.
Hoy que se más historias y mis
ojos se sorprenden menos. Hoy que deseo mis propios hijos, contarles mis
historias y prestarles mis ojos. Hoy que, mirando enamorado la mujer que camina
junto a mí, me pregunto que cosas odiarán nuestros hijos de nosotros. Hoy que
me acuerdo de mi papá, sus historias y sus ojos, ruego que mis hijos me odien
con la misma impiadosa dulzura.