viernes, 31 de julio de 2009

Ningún Lugar

 
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Llegar a un aeropuerto es todavía no haber llegado a ningún lado. En los próximos quince días nos esperan varios trenes y autobuses pero ningún avión y pensarlo me hace feliz.
Cecilia ya conoce Viena. Apenas llegamos comienza a contarme lo que vamos a ver y las impresiones de su viaje previo. Yo siento que me invade un miedo y una rabia que, aunque reconozco ridículo e infantil, no puedo evitar. Cuando viajaba de pequeño con mi familia, era siempre mi papá (o ese es mi recuerdo) el que nos ensañaba que mirar y nos contaba la historia de aquello que estuviésemos visitando. A mí, que desde que tengo recuerdo odio profundamente que me digan que mirar, hacer o decir, esta rutina me hervía la sangre. Y aunque miraba lo que debía ver y escuchaba lo que me contaban, lo hacía con desprecio y asegurándome de no ser sorprendido en mi humillante obediencia.
Sin importarle mis rabietas, miradas de desprecio o burlas, mi papá nunca dejo de contarme historias ni de compartirme sus ojos.
Hoy que se más historias y mis ojos se sorprenden menos. Hoy que deseo mis propios hijos, contarles mis historias y prestarles mis ojos. Hoy que, mirando enamorado la mujer que camina junto a mí, me pregunto que cosas odiarán nuestros hijos de nosotros. Hoy que me acuerdo de mi papá, sus historias y sus ojos, ruego que mis hijos me odien con la misma impiadosa dulzura.