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Como
habitualmente pasa, lo mejor de Suzhou aparece cuando guardo la guía y me
propongo perderme, esta vez en bicicleta. Al poco de andar aparece un canal
junto al camino. Doscientos metros más adelante el canal dobla, y yo doblo con
el. Aparece Suzhou.
Las
casas ganan en años y humildad. Aparecen más canales, que se ensanchan y
permiten navegar a pequeñas barcas. Los puentes de piedra, los caminos que se
entrecruzan, permiten tomar una nueva dirección cada pocos metros. Es que
apareció Suzhou y me fascina.
En
esta parte de la ciudad soy mas extraño, y se nota. Cuando paro lo bicicleta
para tomar una foto o para ver algo, la gente se me acerca con total descaro,
me mira y se ríe. Es divertidísimo. No importa cuantos años pudiera vivir en
China, nunca seria un Chino, ni mis hijos. Pienso que en Barcelona y tantos
lugares, esta es la realidad de tantos inmigrantes, de sus hijos, de sus
nietos. Que no despiertan risa sino recelo y otros sentimientos que nacen entre
quienes no se creen iguales. Pero basta de tristeza, que apareció Suzhou y me
fascina.





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