Viniendo
de Barcelona, la aparente falta de civismo de Shanghai es aun más llamativa. La
suciedad general, la forma de (no) hacer colas, la entrada y salida de los
abarrotados vagones del metro. Cada persona transita en Shanghai como si fuera
el único con derecho a hacerlo.
El
gobierno parece muy interesado en corregir esto. Atormenta con campañas
gráficas y televisivas, en el metro, en la calle. Y por supuesto también
utiliza métodos más propios de su régimen: La autoridad. Megáfono y silbatos en
mano, mal gestados guardias se aseguran que la gente forme filas en las
estaciones de metro.
En
las calles con mucho tránsito también hay policías que controlan, sobre todo a
los peatones. Utilizan unas cintas para acordonar a la gente, abriéndoles o
cerrándoles el paso según toque. Al parecer, sin estos agentes poco amables, la
ciudad colapsaría.
Por
supuesto me viene a la cabeza cuantas veces, apretando los dientes, he
escuchado en Tucumán frases como "hace falta autoridad", "mano
dura" o "somos hijos del rigor".
De
golpe, uno de los peatones se agacha y pasa por debajo de la cinta. No se baja
a la calle. Simplemente esta del otro lado del cordón. Inmediatamente comienzan
los griteríos entre el agente de transito y el peatón rebelde, que no se
amedrenta. Mi chino no ha mejorado (no se una palabra) pero entiendo claramente
lo que dice: “Cada día leo tus periódicos, veo tu televisión, navego por tus páginas
de Internet. Leo, escucho y veo lo que ustedes han filtrado y aprobado. Vivo
con una libertad recortada en un país de libertades recortadas. Pero hasta aquí
llego. ¡No me he bajado a la calle!” No puedo evitar mirar al violentado
hombre, a estas pequeñas rebeldías, con toda mi simpatía.





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